miércoles, 14 de marzo de 2012

La verdad sobre el 11-M


Hace casi un año que la conspiración del 11-M quedó definitivamente quebrada, aunque los conspiradores jamás lo admitirán. Fue a finales de marzo de 2011, cuando el exminero José Emilio Suárez Trashorras presentó su recurso de apelación ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En su escrito, Trashorras admite lo que no confesó ante la Audiencia Nacional, lo que demostraban todas las pruebas: que fue él quien robó la dinamita de Mina Conchita y quien después vendió esos explosivos al grupo islamista que cometió los atentados. No busquen esta información en El Mundo. Nunca la publicó.
Trashorras en su recurso incluso pide perdón a las víctimas del atentado por “no haber prestado la colaboración necesaria” a la Justicia. En su confesión, tira por tierra toda la conspiración del 11-M: si el explosivo salió de Mina Conchita, si la compraron los islamistas, ¿qué más da que hubiese rastros de dinitrotolueno –probablemente por impurezas en la fabricaciónen la Goma 2 ECO? La última declaración de Trashorras también pone en su sitio ciertas exclusivas de El Mundo. La hemeroteca siempre deja en evidencia las mentiras. Repasen, por ejemplo, las portadas del 3, 4 y 5 de septiembre de 2006, las declaraciones del mismo delincuente que ahora admite su papel en el atentado y que entonces confesaba al diario de Pedro J. Ramírez misteriosas conexiones con ETA y la Policía. Todos eran culpables. Todos, salvo él.
Mientras El Mundo pague, yo les cuento la Guerra Civil”, dijo el propio Trashorrras a sus padres en una conversación desde la cárcel, previa a esa entrevista donde, en efecto, cantó las batallitas que El Mundo quería escuchar. Que sea ahora este mismo diario el que acuse a los sindicatos y a Pilar Manjon –portavoz de la asociación mayoritaria de las víctimas del 11-M– de utilizar el atentado contra el Gobierno a cuenta de la reforma laboral es solo una indecencia más. Hace bueno este famoso verso de Machado: “El más truhán se lleva la mano al corazón”. Siempre es así.

Fuente: Escolar.net, en Público.es

viernes, 9 de marzo de 2012

La Reforma laboral explicada para bobos

¿Saben aquel que diu… Va la Ministra de Empleo, Fátima Báñez, y dice ‘Nosotros fuimos leales’. Y le contestan: ‘Claro, ustedes siempre han sido leales con lo que sea recortar derechos a los trabajadores, aunque aquellas varias reformas del PSOE eran un juego de niños comparada con ésta’. Pero Fátima no se acobarda y espeta: ‘La Reforma laboral no hace que el despido sea más fácil, sino que sea con causa’ (Con causa de que los empresarios se enriquezcan más, le contestan entre grandes risotadas). ‘Ésta es la reforma del empleo, termina:
1. Bastan tres trimestres consecutivos de descenso de la facturación. Con 20 días de indemnización por año trabajado y un máximo de 12 meses. a) Por torpes que sean, ustedes saben perfectamente lo fácil que es no solo reajustar las cuentas, sino y sobre todo que no es necesario que tengan pérdidas, supuesto hasta cierto punto lógico, basta con que disminuyan los beneficios. O sea, como ocurre con tantas y tantísimas, seguramente todas salvo Inditex, que en lugar de ganar por ejemplo 400 millones de euros al año solo ganen 350 por ser menor la facturación. Les parece poco lo de los 350. Y a la calle, sin más y con 20 días. b) No decide el juez. ¿Lo entienden, no? (Sigue la rechifla)
2. Se puede rebajar el sueldo de los empleados hasta el mínimo del convenio, alegando motivos de productividad, decidiéndolo la empresa ella solita unilateralmente. ¿Se entiende también, no?
3. Sindicatos fuera. Son unos entes nocivos. Basta lo que acuerden entre los trabajadores y la empresa, ese angelito benefactor y coactivo. A tragar, pues, con lo que diga la empresa. Supongo que se entiende meridianamente.
4. Despidos ‘no justificados’: 33 días y tope de 24 meses, cuando antes eran 45 días y tope de 42. Hasta un bobo lo entiende, aunque sea solemne o ministro.
5. En los ERE o despidos colectivos, ya tan usuales, no es necesaria la intervención de autoridad laboral alguna, al contrario que hasta ahora. Lo acuerda la empresa como estime y punto.
PP: Los nuevos tenedores de esclavos.
Y a pesar de eso, cinco millones de parados lo aceptarían alegres.
Pero a pesar de eso, los cinco millones de parados seguirán parados, y algún millón más aumentará.
Y a pesar de eso, una vez que los sindicatos UGT y CCOO han convocado huelga general para el 29 de marzo, veremos si los ciudadanos tienen el coraje de apoyarla masivamente o prefieren la resignación y la muerte laboral.
¿Algún bobo no ha entendido que el Gobierno lo hace por el bien de los trabajadores, y no por el de los empresarios?
‘Ganarás el pan con el sudor de tu frente’, decía y dice la Biblia. Y con la humillación a que te sometan. Y con el expolio de tu dignidad.
Y con tus lágrimas y las de tu familia.
Porque ni Dios ni el PP ponen los medios y las herramientas. Es la libertad.
Consejos prácticos: Sea todo lo pelota que pueda con su jefe, delate a sus compañeros, no se ponga enfermo, nunca se quede embarazada, y no participe en huelgas, le pueden despedir por las buenas.
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Gota MONÁRQUICA: La Junta de Portavoces del Congreso de los Diputados prohíbe que se hagan preguntas sobre la Monarquía, al igual que rechaza preguntas sobre cuestiones personales de los diputados o de índole jurídica. De acuerdo; para los diputados o cuestiones jurídicas puedes acudir a los tribunales. ¿Pero a dónde acudes para preguntas sobre el Rey? ¿O la inviolabilidad llega a no poder ni preguntar?
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Gota DIPLOMÁTICA: ¿Apoya el Gobierno la decisión de Washington de incluir al Vaticano en la lista de Estados que blanquean dinero?
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Gota HIJAPUTA: La Unión Europea se niega a registrar el aguardiente español Hijoputa por considerarlo contrario a las buenas costumbres en una parte de la Unión. ¿Qué dice el Ministro de Cultura español? Porque esa expresión ya la utilizaban Lope de Vega, Quevedo…, y hasta el Capitán Alatriste, cosa que seguramente ignora la Unión Europea. ¡Carajillo con la Unión! En cambio deja cubalibre y brazo de gitano.
Puntadas sin hilo, por Arturo González, en Público


jueves, 8 de marzo de 2012

Las razones y las calles


Los fundamentalistas del mercado aseguran que este, sin intromisiones institucionales, asegura la prosperidad: mérito y bienestar, justicia y eficiencia. Con la crisis ni uno solo de sus principios ha conseguido mantenerse.

 

Fuente: Félix Ovejero Lucas, en el País


La izquierda está contra las cuerdas y la derecha crecida. A primera vista no se entiende. Era George Busch quien gobernaba en Estados Unidos aquel 15 de septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers anunció su quiebra y comenzó el lío. Y no pasaba por allí, que llevaba ocho años en el poder. Lo que se nos vino encima, que no era pequeño, no dejaba en buen lugar a los conservadores. Para que se hagan una idea, con un comparación que a estas alturas ya se queda pequeña, el precio de los rescates en EE UU supera a la suma de lo que costaron la compra de Luisana, el Plan Marshall, la crisis de las cajas de ahorro de los 80, las guerras de Corea y Vietnam, la invasión de Irak, el New Deal y el presupuesto entero de la NASA incluidos los viajes a la Luna.
Después de paladear el inventario, resulta difícil entender de donde sacan pa tanto como destacan los que a diario nos vienen con la cantinela de la incondicional eficiencia privada y los despilfarros de los gobiernos, que existen, pero que, en comparación, apenas alcanzan para cubrir el catering de las reuniones en las que se decidían estas oceánicas transferencias de riqueza.
Para los fundamentalistas del mercado desregulado como si llueve. Según ellos, el mercado, cuando se respetan los acuerdos libremente aceptados, garantiza que cada cual cargue con las consecuencias de sus —buenas o malas— acciones. Vamos, que el que la hace la paga y además, en sus justas dosis, en proporción a sus aciertos o desatinos. No sólo eso, además, el mercado, sin intromisiones institucionales, asegura la prosperidad. Mejor imposible. Mérito y bienestar, justicia y eficiencia. Con estos mimbres los conservadores amueblan su andamio retórico y sus muchachos se pasean por las radios.
Un relato que la crisis ha revelado lleno de costurones. Ni uno de sus principios se ha mantenido. Los ciudadanos hemos visto violados acuerdos fundamentales a pesar de cumplir con nuestra parte: empresas y hogares solventes que, sin haberse enredado en apuestas arriesgadas, han encontrado cerradas sus fuentes de financiación; trabajadores a los que se les modifican las condiciones laborales (indemnizaciones por despido, calendario laboral, cotizaciones sociales de los empresarios) pactadas en complicadas negociaciones y, en muchos casos, convertidas en derechos; votantes que ven como se desmantela un Estado del bienestar que los partidos se comprometieron a sostener; empleados públicos a quienes se reprocha su estabilidad laboral, algo que estaba en el acuerdo inicial que establecieron cuando optaron a sus puestos.
Tampoco se ha cumplido el principio de que "quien la hace, la paga". Ni los bancos cargaban con el riesgo de las hipotecas ni los intermediarios financieros tenían que degustar el veneno de las titulaciones que inyectaban en las venas del sistema financiero. La supuesta relación entre las acciones y la (justa) retribución quedaba en nada cuando las agencias de calificación, contratadas por las propias entidades que evaluaban, sabían que si hacían debidamente su trabajo, lo perderían, que su mejor modo de conservar el negocio era callarse, o cuando los sistemas de las bonificaciones e incentivos alentaban en los empleados de los bancos de inversión o de gestión de fondos una apuestas temerarias a corto plazo con las que ellos ganaban un fortuna, despreocupándose por los intereses de sus clientes y hasta de sus empresas.
Con todo, los mayores descosidos los ha experimentado la retórica de la bondad de los resultados, según la cual, la competencia desregulada asegura el bienestar y, de paso, el castigo del mal comportamiento. En realidad, se impuso lo contrario, una penalización de los decentes y una amplificación incontrolada de las patologías. Recuerden cómo se extendió la mancha. Un prestamista sensato en la concesión de hipotecas, al encontrase con que sus competidores capturaban —a más elevados intereses— a los prestatarios que él rechazaba y que, por ello, su cuota de mercado y sus acciones caían, se enfrentaba a un dilema: seguir con la prudencia y desaparecer, o asumir riesgos, como sus rivales. Hasta aquí, el mecanismo de penalización clásico del mercado: el que la hace, la paga. Pero con la desregulación ya nada era igual. Ahora las hipotecas se podían reexpedir a las empresas de Wall Street para su titulación y trasladar los riesgos. Se acabaron los miramientos para conceder préstamos. La temeridad era la única estrategia ante competidores que, aunque no quisieran, recelosos de que se les anticiparan, se comportaban con temeridad. Una historia que se repitió, amplificada, en el siguiente escalón, cuando las empresas de Wall Street ponían en circulación las hipotecas titulizadas. Los primeros aún podían saber alguna cosa acerca de la fiabilidad de los prestamistas; en Wall Street no tenían ni idea. Hasta es posible que pensaran que los otros tenían razones para examinar las hipotecas. Es posible, aunque no es seguro. Después de todo, mediante los famosos CDO, Goldman Sachs apostó en contra —para obtener beneficios en el caso de que quebraran— los valores que recomendaba comprar a sus clientes diciéndoles que eran tan seguros como las letras del Tesoro.
Pero aunque el relato conservador no se sostenga, la izquierda no levanta cabeza. La crítica no es suficiente. Hacen falta propuestas. Un terreno yermo, si miramos el panorama más cercano. Pero hay vida más allá de nuestra triste izquierda. Basta con compararnos, ahora que se aproximan las elecciones francesas, con nuestros vecinos. Un par de ejemplos que confirman que la radicalidad no es enemiga de la calidad: la defensa de un Estado garante del contrato social y de la protección bienestarista de Philippe Aghion, en Repensar l’État, o las iniciativas fiscales basadas en los principios de equidad, progresividad real y democracia de Thomas Piketty en Pour une révolution fiscale.
Desafortunadamente tampoco basta con tener claros retos y soluciones. En el desierto y sin alimentos, o con una enfermedad curable y sin seguro médico ni recursos, de poco me sirve conocer la solución a mis quebrantos. Al final, lo importante es poder aplicar las propuestas. El poder, que de eso va la política real.
También en esto hemos aprendido. Por ejemplo, que mientras a unos pocos les basta con una llamada de teléfono para pedir un cambio en la Constitución o con asomarse a los medios de comunicación para recordarnos que no están dispuestos a invertir si no se generan ciertas condiciones de confianza, de confianza para ellos, a muchos otros no les queda más que salir a la calle para recordar que también tienen intereses, seguramente más justos. Y si no lo hacen, saldrán perdiendo. Disponen de menos poder y, por eso mismo, les resulta mucho más difícil ser escuchados.
No exagero. Es otra de las lecciones de la crisis, en particular de los altos ejecutivos del sector financiero, quienes, en virtud de su posición de poder —de problemas de agencia y de información asimétrica— con los propietarios, pudieron fijar sus propios salarios, sin que importase "su productividad". Sus enormes ingresos derivaban de su poder negociador. La enseñanza: el poder político, como el empresarial, se decanta por la línea de menor resistencia. Tiene que decidir qué modifica y qué da por sagrado, qué da por bueno y qué no. Una elección en la que importa la fuerza de cada cual, no la justicia de lo que pide.
Y aquí las cosas pintan mal. Tengo dudas acerca de la eficacia de la reforma laboral, pero de lo que no tengo duda alguna es de que modifica las relaciones de fuerza entre los trabajadores y los empresarios ni de que, más temprano que tarde, eso tendrá consecuencias en la redistribución de la renta. Nos jugamos bastantes más cosas que una hipotética recuperación a cualquier precio. Y quien no esté de acuerdo, quien crea que todo vale, debería reconsiderar la legislación del trabajo infantil. De momento ya se discute el derecho a quejarse y, a la mínima, los dicharacheros portavoces de la derecha reaccionan como si vinieran los hunos. Un respeto, que no hacemos más que aplicar lo aprendido.
 
Félix Ovejero Lucas es profesor de Economía de la Universidad de Barcelona.

lunes, 27 de febrero de 2012

El copago en sanidad es temerario, injusto e ineficaz

 
Exigir tasas delegaría en el enfermo la valoración de su dolencia y le culpabilizaría por su situación, además de no resolver el problema financiero
Fuente: Esteban García-Albea, en el País
De forma recurrente, y con la misma carga argumental, a los políticos les tienta la posibilidad de hacer gravitar sobre el paciente (más allá de sus impuestos directos e indirectos, ahora aún más recargados) parte del pago por la asistencia médica. Con el apelativo de tasas disuasorias o copagolos responsables sanitarios, en esta ocasión de la Generalitat pero con tentaciones de su implantación en todo el Estado, y con la complicidad, claro, del departamento económico, anuncian que la implantación de dicha tasa "regulará la demanda sanitaria" y se hará "un mejor uso del sistema sanitario". Al parecer, la coartada argumental se basa en que los pacientes "abusan" del sistema: es decir, abarrotan los servicios de urgencia o las consultas ambulatorias con problemas menores que impiden el óptimo funcionamiento de la asistencia.
En mi opinión la institución de tasas es temeraria, injusta e ineficaz y refleja, además, no sólo una tozuda insensibilidad al tema sanitario, sino una preocupante incomprensión de lo público, entendiendo lo público en este caso como derecho y como servicio a la comunidad enferma o potencialmente enferma.
1. La institución de las tasas es temeraria. En efecto, dicha iniciativa delegaría en el enfermo la interpretación de su síntoma y la valoración de la banalidad o no del mismo, que, a fin de cuentas, decidiría la consulta o no de un profesional.
A este respecto, es útil recordar como muestra algunos hechos empíricos. El infarto de miocardio (la enfermedad coronaria es la primera causa de muerte en nuestro país) va precedida con mucha frecuencia de diversos síntomas que pueden ser interpretados banalmente por el enfermo y no se benefician, por tanto, de una evaluación especializada. El hecho de que gran parte de las molestias precordiales no corresponda a una enfermedad coronaria no debe suponer un menoscabo para el numeroso subgrupo de pacientes disuadidos de que el síntoma banal oculta un padecimiento grave.
No hay que olvidar que el calificativo banal es un juicio a posteriori que exige una valoración clínica cuidadosa y, en ocasiones, precisa la ayuda de tecnología complementaria.
Otro ejemplo significativo: la jaqueca; patología benigna en este caso, pero una de las situaciones que más demanda del especialista, además de una de las principales causas de baja laboral y martillo constante de la calidad de vida del 15% de la población. Pues bien, las encuestas de población demuestran que menos de la mitad de los casos han consultado por sus molestias, y que el manejo profesional hubiera aliviado de forma destacada sus dolores, hubiera evitado el paso a la cronicidad de las cefaleas y hubiera facilitado la disminución de la ingesta prolongada, costosa y con frecuencia dañina de analgésicos. En fin, hubiera permitido la detección prematura, afortunadamente infrecuente, de procesos subyacentes graves. Como vemos, habría que introducir alguna vez fórmulas persuasivas o suasorias.
El enfermo tiene perfecto derecho a equivocarse, pues desconoce la trascendencia de sus síntomas, pero un sistema público de salud debe evitar que un paciente con patología grave no disponga de todo el arsenal clínico que precise —y al que tiene derecho— sólo porque sus dolencias son poco expresivas o porque una tasa le disuada de entrar en el sistema.
Nadie con una mínima experiencia en sanidad pública desconoce que las urgencias hospitalarias han sufrido un progresivo incremento en su frecuencia en los últimos treinta años, desbordando en ocasiones la capacidad del sistema. O que en la práctica ambulatoria común, cualquier facultativo es testigo de la elevada proporción de cuadros banales, a los que se suman hipocondríacos, simuladores, etc., pero todos exigen una atención individualizada que oriente y, si es posible, resuelva la situación. Como definía un ilustre clínico, un enfermo es "por lo menos, todo aquel que acude al médico".
Este análisis del problema no defiende la medicalización del ciudadano (el médico que conoce bien las dependencias de su enfermo debe ser enérgico en ocasiones desaconsejando el exceso de visitas médicas). La disuasión, en los casos en que pueda estar indicada, debe ser el resultado de la prevención, la educación y la participación responsable del ciudadano en su propia y libre decisión de salud.
2. La institución de tasas es injusta. La medida culpa a los pacientes de su situación patológica. Los contribuyentes más abatidos en su calidad de vida por el infortunio de una enfermedad recurrente —banal o no— deberán pagar unas tasas como castigo a su dolencia. Afirmaba un economista de forma categórica en este mismo periódico (Elogio del copago, punto 7, E. Costas) que ellos son culpables de la lista de espera. Ante este carácter de penalización que se desprende de las afirmaciones de la consejera catalana como de algunos analistas que buscan el recorte por la parte más débil, sería conveniente recordar una expresiva declaración de los grupos de base franceses que resaltan el carácter democrático de los objetivos sanitarios (incluso en enfermedades en que el enfermo es culpable): “...también queremos buenos hospitales para que nos curen las borracheras”.
La enfermedad como pecado. Se culpabiliza al enfermo de la insuficiencia en la atención. La sanidad no sería buena porque acuden demasiados enfermos a los centros, soslayándose de esta manera las causas principales, como la precaria estructura o los presupuestos escasos.
3. La implantación de tasas es ineficaz. Aunque es un tema menor, es importante que las autoridades sanitarias y ciertos expertos en cifras acudan a los frentes sanitarios como los hospitales para entender la dificultad de llevar a cabo con eficacia la medida del copago. Mi experiencia como director que fui del Hospital 12 de Octubre y mis cuarenta años de trabajo en la medicina pública me autorizan a hacer esta afirmación. ¿Cómo cobrar al paciente que acude en coma, al psicótico, al grave o al que no dispone de fondos? ¿Se negará la atención? ¿Se le negará al mas desgraciado en el que se ha cebado la enfermedad y debe acudir recurrentemente al centro? ¿Y el que no quiere pagar? ¿Embargo? Es preciso una infraestructura que sobrepasa en gastos al cobro de las tasas.
La medicina pública española, ejemplar en muchos aspectos, precisa un relanzamiento y un prestigio que anteponga su carácter de servicio a la comunidad. Existen ya demasiados elementos disuasorias en la medicina pública actual (como la lista de espera) como para añadirle uno nuevo al enfermo. Que la austeridad no se utilice como coartada para atentar contra los derechos de los ciudadanos.
Esteban García-Albea es profesor titular y jefe del servicio de Neurología
del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares.

miércoles, 22 de febrero de 2012

"No podemos dar esta imagen de nuestro país"


El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha llamado desde Londres a la tranquilidad y "mesura" para que este tipo de incidentes no vuelvan a repetirse. "Todos debemos hacer un esfuerzo y tirar del carro porque es la hora de la tranquilidad y la serenidad. Si todos actúan con mesura, esta situación no va a repetirse", ha afirmado en presencia del primer ministro británico, David Cameron. "Los españoles no podemos dar una imagen de país que no es la que es", ha dicho respecto a la repercusión que los sucesos de Valencia han tenido en la prensa internacional.
Yo le diría a Rajoy, que quien está dando una imagen vergonzosa de España es él y su gobierno de la “gaviota” apoyados por sus amigos catalanes de CIU, o que se creían que tras entrar como un elefante en una cacharrería con sus recortes, la mayoría social española -que no electoral- ¿nos íbamos a quedar de brazos cruzados, riéndoles y aplaudiendo sus graciosos tijeretazos? Pues mire usted por donde, NO, esa mayoría social, le moleste o no, tiene la calle para protestar y defenderse contra las agresiones a las que nos esta sometiendo su gobierno y su partido.
Creo que se está comenzando a ver lo que algunos dijimos o pensamos hace un tiempo: la mayoría social no es lo mismo que la mayoría electoral y este gobierno ha sido votado por un 28% de la población -como todos los demás, por otro lado- así que mejor será, que no piense que se puede gobernar por decreto y que la gente se va a callar y estar quietecita como corderitos. Tenga usted en cuenta que esa mayoría social representamos el 72 % restante, y me parece a mi que se ha empezado a cabrear parte de ella. Usted, su gobierno, su partido y el entorno mediático afín que le rodea, son los que tienen que tener “mesura” para no cabrear al 100% de ese 72% de masa social, a los que ha empezado ya a cabrear.

martes, 21 de febrero de 2012

Callad, callad, malditos

Inspiradas en reflexiones más antiguas, no pocas películas que tratan sobre el diablo han repetido que el mayor truco de este habría consistido en hacer creer al mundo que no existe. El diablo sigue siendo, incluso en una época tan descreída como esta, un asunto que suscita el interés de la inmensa mayoría de la gente, y no tanto porque toda esa gente crea que existe el diablo como porque todos saben que existen hechos diabólicos, hechos tan genuina e inequívocamente malvados que la manera menos dolorosa de explicarlos es admitir la existencia del diablo, pues de no existir este serían los hombres el mismísimo diablo.
Algo así podría decir de sí mismo el propio capitalismo, cuyo mayor truco ha sido hacer creer a la gente que siempre ha querido lo mejor para ella y no para sí mismo. O dicho de otra forma: hacer creer a la gente que la culpa de que estemos como estamos la tiene la propia gente y no el sistema mismo y los tipos que lo dirigen.
Es llamativo que nadie albergue duda alguna de que si un Estado tiene una deuda pública desproporcionada la culpa de ello es del Gobierno de turno, mientras que si un sistema financiero tiene, como tiene el nuestro, una deuda exorbitante la culpa no es del propio sistema financiero o de los bancos centrales encargados de vigilarlo por no hacer bien su trabajo ni en un caso ni en otro, sino que es de los ciudadanos que pidieron demasiados créditos. De nuevo anda el diablo por ahí confundiendo a los incautos.
Se trata de los mismos incautos que, ante la crudeza de la reforma laboral, tienen la tentación de creer que la culpa de la crisis y del paro es que los trabajadores tienen unas condiciones laborales demasiado buenas. Ese sentimiento de culpa tal vez esté más generalizado de lo que pudiera parecer. He aquí una prueba de ello: la nueva reforma laboral del Gobierno ampara el hecho de que un empresario con una caída de ingresos de tres trimestres pueda modificar a la baja las condiciones estipuladas en convenio, y sin embargo ni a los sindicatos ni a los partidos de izquierda se les ocurre proponer que la norma se aplique también a la inversa, es decir que si un empresario tiene un incremento de ingresos de tres trimestres esté obligado a dedicar un porcentaje de los mismos a crear a una caja de resistencia para proteger el empleo de sus trabajadores cuando lleguen tiempos difíciles. ¿Por qué aceptamos con naturalidad lo primero y no exigimos lo segundo? Sin duda porque el diablo del dinero nos ha convencido de que no existe.

Opinión, por Antonio Avendaño, en Público

viernes, 17 de febrero de 2012

La destrucción del derecho laboral


El Gobierno está deshaciendo una parte del sistema jurídico establecido tras años de luchas sociales

Este título no es una metáfora, es la expresión de una realidad. Las medidas que acaba de aprobar el Gobierno y que vienen a modificar los derechos y obligaciones de empresas y trabajadores, en realidad tan solo suprimen o recortan derechos de los trabajadores. Se habrá perdido por ello el equilibrio en que se basa toda rama del Derecho. De hecho, eso es lo que se pretendía, porque  ¿qué significa sino "flexibilizar" y "desregular" las relaciones laborales? El Derecho del Trabajo era, hasta ahora, un conjunto de normas que disciplinaban aquellas relaciones, que ahora quedan sin regular o que pierden su valor. Por consiguiente, se está transfiriendo la fuerza del Derecho desde el código jurídico a las manos del más poderoso, que será siempre la empresa.
Entre las medidas adoptadas ocupa un lugar preferente la del "abaratamiento del despido". Los trabajadores, a partir de ahora, han de temer que les puedan despedir más fácilmente, y tendrán aún menos fuerza para oponerse a posibles decisiones de la empresa contrarias a la ley. De hecho, ni se atreverán a denunciar las arbitrariedades ante los tribunales, porque se encontrarán con que, incluso en el caso de que estos les den la razón, tal decisión no comportará el restablecimiento de sus derechos. La empresa se librará pagando un precio módico. Es decir, la empresa podrá comprar con dinero el silencio de la justicia.
Todo ello justifica la reacción indignada no solo de los sindicatos, como representantes de los trabajadores, sino de todos aquellos que saben que el derecho al trabajo es un derecho humano fundamental y que el código jurídico es un instrumento civilizador de las relaciones humanas. Es lamentable la miopía de muchos que no saben ver el daño que estas medidas harán al proceso que la Humanidad quiere recorrer hacia la justicia social. Lo veremos claramente cuando el panorama de las relaciones de trabajo de muchas empresas vuelva a parecerse más a un sistema feudal que a una democracia moderna.
Los trabajadores no se atreverán a denunciar posibles arbitrariedades 
La verdad es, no obstante, que de todo esto estábamos advertidos. La política neoliberal que se ha ido imponiendo en los últimos años en el terreno económico lo hacía presagiar. A mediados de los años ochenta ya había quien, entre los sabios laboralistas, nos pronosticaba, con complacencia, que muy pronto veríamos "el desmoronamiento del derecho laboral". El Derecho del Trabajo, juntamente con la Seguridad Social, se había convertido lentamente, con el tiempo, en el recambio civilizado de las revoluciones sociales decimonónicas, y vino a conquistar pacíficamente, con sus normas, nuevos espacios de justicia social. Esta rama del Derecho significaba un compromiso entre el poder del empresario y las exigencias de justicia y participación de los trabajadores en la empresa. El Derecho del Trabajo trataba de canalizar la confrontación que comporta la misma naturaleza del trabajo por cuenta ajena y proporcionaba amparo al trabajador que se proponía establecer una relación laboral desde una posición solitaria, aislada y por lo tanto, débil. El Derecho disciplinaba, además, la acción colectiva de los trabajadores a través de la dinámica sindical.
Todo ello parecía indicar que la vieja lucha de clases estaba encontrando vías de superación y que la barricada se había convertido en código o en convenio colectivo. Parecía que los derechos fundamentales de carácter social y económico que el consenso universal estaba aceptando, iban penetrando, también, en el reducto de la empresa por la vía de la extensión de la cultura democrática. Daba la impresión de que lo justo y conveniente era seguir progresando por este camino, hasta convertir la empresa en un territorio de colaboración constructiva. Pero la llegada de una nueva crisis del sistema capitalista ha sido suficiente para que resonara machaconamente esa consigna de salvación: "Hay que flexibilizar el mercado de trabajo", "hay que desregular el Derecho del Trabajo". Pues bien, con las nuevas normas se ha dado satisfacción a estas pretensiones. Cuantas menos normas, mejor…
Este es, pues, el auténtico fondo de la cuestión. Si el Derecho son normas, lo que está haciendo el Gobierno es destruir con esta reforma una parte del sistema jurídico establecido democráticamente y consolidado después de años de sacrificios y de luchas sociales. Y en cambio, lo que nos acercaría a una democracia avanzada –utilizando palabras del preámbulo de nuestra Constitución– sería un sistema cada vez más participativo en las decisiones que afectan a los ciudadanos a todos los niveles, también a nivel laboral. Y todo ello, ordenado de la manera más perfectamente posible por la regla del Derecho.
La reforma pretende volver al liberalismo puro del ′laissez faire′
Por lo tanto, nadie puede negar que la reforma que ha de aplicarse a partir de ahora camina en sentido opuesto a estos horizontes de civilización y progreso. Es un intento de retorno a las fórmulas liberales más puras del laissez faire.
Una vez llegados a este punto, habrá que entrar en polémica con aquellos sectores que justifican la reforma como un mal menor necesario para reactivar la economía, crear nuevos puestos de trabajo y aligerar esa lacra social persistente que es el paro. Pero estos, seguramente, no se atreverían a poner la mano en el fuego y asegurar que esta reforma laboral pueda ser determinante para conseguir aquellos objetivos, y que no existen otras alternativas. En cualquier caso, el daño que se habrá hecho al equilibrio humano dentro de las empresas y al proceso histórico de la justicia social, será difícilmente reparable; habremos perdido así casi un siglo en el camino del progreso.

Fuente: Francesc Casares i Potau, Andrés Pérez Subirana, Judith Barceló Cisquella
y Jessica Bolancel Ferrer son abogados